El 29 de octubre de 2024, una DANA histórica arrasó la provincia de Valencia. Más de 220 personas murieron, la mayoría en los municipios del cinturón sur de la capital: Paiporta, Alfafar, Sedaví, Catarroja, Benetússer. Municipios trabajadores, de clase media-baja, con décadas de infrafinanciación en infraestructuras de drenaje, sistemas de alerta y planificación urbana del riesgo.
La pregunta que nadie quiso hacerse en las primeras semanas, mientras los helicópteros sobrevolaban el barro, fue esta: ¿por qué murieron exactamente allí?
El mapa de la muerte coincide con el mapa de la desigualdad
No es una metáfora. Es cartografía.
Los municipios con mayor número de víctimas mortales por la DANA son, sistemáticamente, los que registran menores niveles de inversión pública en infraestructuras de control de avenidas en las últimas tres décadas. Según datos de la Confederación Hidrográfica del Júcar, el barranco del Poyo —cauce principal que desbordó y causó la mayoría de muertes— llevaba más de 15 años en lista de espera para la ejecución de obras de encauzamiento aprobadas y presupuestadas que nunca llegaron.
El presupuesto existía. La voluntad política, no.
Mientras tanto, las urbanizaciones de lujo de la costa valenciana —con acceso directo a litorales igualmente expuestos a episodios de lluvias torrenciales— contaban con sistemas de drenaje modernizados, alertas municipales activas y planes de evacuación operativos.
La geografía del desastre es siempre la geografía de la clase.
El sistema de alerta: otro fallo estructural
La alerta masiva por ES-Alert se envió a las 20:11 horas del 29 de octubre. Para entonces, la riada ya había arrasado los aparcamientos subterráneos de Alfafar y Paiporta. Decenas de personas atrapadas en sus coches llevaban horas en peligro.
Los protocolos de alerta temprana existen en España desde 2021, tras ser exigidos por la Unión Europea. Sin embargo, la coordinación entre la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), la Confederación Hidrográfica del Júcar, la Generalitat Valenciana y los ayuntamientos era —y sigue siendo— un laberinto de competencias solapadas donde nadie asume la responsabilidad de activar la alarma primero.
Este laberinto no es un accidente administrativo. Es el resultado de décadas de diseño institucional que distribuye la responsabilidad para que nadie pueda ser señalado cuando el sistema falla. Eso es violencia estructural en estado puro: el daño ocurre, las víctimas existen, pero no hay un agresor identificable. Solo un sistema.
La respuesta humanitaria y la otra desigualdad
En los días posteriores a la catástrofe, miles de voluntarios colapsaron las carreteras de acceso a los municipios afectados. La solidaridad ciudadana fue masiva, genuina y emocionante. Pero también reveló otra fractura estructural: el Estado no estaba.
Mientras los vecinos de Paiporta limpiaban el barro con palas y carretillas, los canales oficiales de ayuda tardaron días en coordinarse. Las personas mayores —muchas sin smartphone, sin familia cercana, sin vecinos que pudieran sacarlas— fueron las más vulnerables. Y fueron también las que menos aparecieron en los primeros recuentos de víctimas.
Según datos del Registro Civil de Valencia, más del 60% de las víctimas mortales identificadas en las primeras semanas tenían más de 60 años. La vejez en soledad, la dependencia sin red de apoyo, la brecha digital: todas ellas son formas de violencia estructural que la DANA no creó, sino que simplemente hizo visibles.
Reconstrucción: ¿para quién?
Seis meses después de la catástrofe, el debate sobre la reconstrucción reproduce exactamente los mismos patrones de desigualdad que causaron el desastre.
Los propietarios de viviendas con seguros completos están recuperando sus hogares. Los inquilinos —muchos de ellos trabajadores migrantes, familias monoparentales, personas en situación de exclusión— han perdido su vivienda sin derecho a indemnización directa. Los locales comerciales de pequeños autónomos que no pudieron pagar el seguro han cerrado definitivamente. Las grandes superficies han reabierto.
El Plan de Recuperación aprobado por el Gobierno central contempla ayudas directas, pero los formularios, los requisitos documentales y los plazos siguen siendo una barrera infranqueable para quienes más los necesitan. La burocracia como violencia estructural: el derecho existe en el papel, pero el acceso está diseñado para quienes ya tienen recursos.
Lo que la DANA nos enseña sobre la violencia estructural
Johan Galtung definió la violencia estructural como aquella en la que «el daño se produce sin que ningún actor individual pueda ser identificado como causante directo». La DANA de Valencia es un caso de manual.
Nadie decidió que Paiporta tuviera un sistema de drenaje obsoleto. Nadie eligió conscientemente que la alerta llegara tarde. Nadie ordenó que los pisos de alquiler no tuvieran cobertura de seguro. Pero el resultado —220 muertos, miles de familias sin hogar, una comunidad devastada— es tan real como si hubiera habido un responsable con nombre y apellidos.
La diferencia entre un desastre natural y una catástrofe humanitaria está en las decisiones previas. En la inversión que se hizo o no se hizo. En los protocolos que se diseñaron o no se diseñaron. En quién vivía en la zona inundable y por qué no podía vivir en otro sitio.
La DANA no fue un desastre natural. Fue el resultado acumulado de décadas de violencia estructural contra los municipios trabajadores del área metropolitana de Valencia.
Mientras escribimos este artículo, el barranco del Poyo sigue sin las obras de encauzamiento aprobadas. La siguiente DANA también llegará.
Desde Trascender la Violencia hemos llevado representaciones solidarias a varios municipios afectados por la DANA y seguimos apoyando a las comunidades en su proceso de recuperación. Si quieres saber más sobre nuestro trabajo de apoyo psicosocial, contacta con nosotros.
Los datos sobre sistemas de alerta y presupuestos de infraestructuras provienen de la Confederación Hidrográfica del Júcar, AEMET y el Ministerio de Transportes. Las cifras de víctimas, del Registro Civil de Valencia y el Ministerio del Interior.